miércoles, 8 de junio de 2016

LA GUARDIA DE LAS ESTRELLAS

En el valle de Salta caía la tarde aquel jueves 7 de junio de 1821 no distaba de ser un día distinto hacia la Oración; irrumpen de pronto órdenes militares y fuertes gritos que provienen de la plaza central, a la vez resuenan numerosos ruidos de ojotas de suela en la calle cercana al inmueble de la Tesorería Real, hay aprestos de armas y preparativos de combate ¡¡ todo tiende a una emboscada !!, es que adentro de la casona se encuentra el gobernador de Salta, el general Martín Miguel de Güemes; su escolta, apostada vigilante no sabe aún que ocurre. 

Una voz socarrona rompe el silencio: - ¡¡ Alto ¡¡ ¿Quién vive?-, la respuesta es espontánea: - ¡La Patria!-. Y otra vez el silencio envolvente como esperando una señal; alguien sale presuroso de la distinguida casa y se dirige a montar, en ese instante desde las sombras en fuerte grito se ordena: -¡ Fuego!- y decenas de arcabuces una y otra vez atruenan en las angostas calles y en los cerros; son demasiados, algunos jinetes caen malheridos, otros atropellan sable en mano frente a la masa uniforme que se había congregado sigilosamente, hay marchas y contramarchas, de los montados algunos logran llegar y cruzar el Tagarete de Tineo, hay francotiradores en las esquinas y en los techos. En medio de la fusilería mortal y de la noche, un disparo suena distinto, estremecedor, que no sólo alcanza a quien monta un alazán oscuro; porque el disparo no está dirigido sólo contra él, el disparo está dirigido al corazón de la revolución de Mayo, a la lucha Continental. No es hacia un hombre, sino hacia la Libertad, hacia las Provincias Unidas, hacia la Patria Vieja. 

El jinete herido se recuesta sobre el lomo del animal que lanzado al galope se encamina hacia los campos de la Cruz primero y Castañares después en los extramuros de la ciudad. Recorre leguas, casi desmayado. Ha logrado romper la trampa aunque con su vida está pagando aquel precio. Muchas horas han transcurrido y llega la madrugada, de a poco logran hacerlo descansar hasta llegar a un lugar seguro. Continúa desmayado y es conducido al centro del tupido bosque. Su cuerpo está envuelto en sangre. La noticia del suceso recorre cerros y hondonadas como lo son las malas nuevas. El gauchaje se reagrupa y llegan de todos lados, presurosos, angustiados porque presienten que su Jefe está con las horas contadas. No existe milagro posible en la guerra, no en esta. 

Es aquí que nace el “velamiento” o “guardia bajo las estrellas” como un estado de ánimo somnoliento del gauchaje salto jujeño por su jefe herido en las afueras de la capital salteña; allí entre arbustos y matas del Chamical durante diez días de rezos y aflicciones se protege y vigila al General patriota hasta llegada su muerte. Finalmente ha regado con su sangre el monte convirtiéndolo en sagrado. El coronel Jorge Widt conducirá ahora la guerra. Dos años después, en el año 1823, el Capitán General de la Provincia, José Ignacio Gorriti traerá a la Catedral sus restos mortales entre el sollozo y plegarias de la multitud. Luego, en 1853 el país está pacificado y hasta el año 1921, esporádicamente familiares y autoridades concurrieron a misa en el sitio de su muerte en espontáneas Guardias y Recordación al General muerto. 

Posteriormente en Junio de 1924, el gobernador Adolfo Güemes, nieto del general Güemes, decreta el inicio institucional de la Agrupación Tradicionalista de Gauchos. El día 17 de junio del año 1932 se descubre el monumento ecuestre en la falda del cerro que recuerda su martirio y su lucha. La Guardia bajo las Estrellas comienza a tener fuerte presencia y convocatoria alternándose entre la Quebrada de la Horqueta y el Monumento Gaucho a partir del año 1944. Hoy, es la presencia de la juventud en la Historia. Por eso cada 16 de junio con su postrer día, los que creemos que la Patria Suramericana aún está inconclusa participamos hondamente de su veneración en uno u otro sitial.

Fuente:
www.elalfaylaomega-elprograma.blogspot.com.ar

jueves, 26 de mayo de 2016

EL VIRREINATO DEL PERÚ

El Virreinato del Perú fue una entidad político-administrativa fundada en 1542 tras el sometimiento del Imperio Inca. Abarcó, en su máxima extensión, territorios que actualmente se corresponden con Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia, parte de Argentina y Chile. Los primeros asentamientos comienzan a desarrollarse tras la captura de la ciudad inca, por parte de Francisco Pizarro, en 1534. Tras este hecho, se provoca una fuerte disputa por el control de una serie de expediciones destinadas a Birú, territorio peruano del cual se presumía que poseía grandes riquezas, entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro. El enfrentamiento se saldó con la victoria de Pizarro, y la posterior ejecución de Almagro.

El virreinato vivió cuarenta años de caos administrativo, fruto del choque de intereses entre los distintos conquistadores, y el desigual reparto de la tierra. A mediados del siglo XVI, Francisco de Toledo, virrey del Perú, logra encauzar la situación y establecer un marco administrativo estable, que se prolongaría durante todo el período colonial. Esta normalización de la situación, fue gracias a la voluntad de Toledo, de llevar a cabo un proceso organizador, reflejado en medidas tales como el censo tributario, censo de pobladores nativos y la realización de un registro de los recursos naturales y humanos del Perú. Estas medidas permitieron la implantación de los sistemas de trabajo (mita, repartimiento) y a la larga, hicieron de este virreinato el más rico e influyente.

La capital fue situada en la ciudad de Lima, fundada por Francisco Pizarro como la «Ciudad de los Reyes», mientras que el puerto del Callao, monopolizaba todo el comercio marítimo americano. En el campo administrativo, el virreinato está constituido por dos audiencias, las de Lima y Cusco, que fueron sustituidas por intendencias tras las Reformas Borbónicas en el siglo XVIII. Al igual que en el resto de virreinatos, existían también organismos tales como los corregimientos, encargados de la administración de zonas habitadas por nativos, cabildos, que cumplían diversas funciones administrativas similares a las que actualmente realiza la municipalidad o ayuntamiento, y diversas autoridades indígenas que se encargaban de mediar entre éstos y los españoles.

En el ámbito económico, la principal actividad desarrollada en el virreinato era la minería. El trabajo en la mina era desarrollado por aborígenes que pasaban entre una y dos semanas sin salir de ella en condiciones realmente duras. En un principio, la actividad se desarrolló en torno a pequeños depósitos de superficie, pero gracias a las mejoras en las técnicas mineras, los colonos pudieron a acceder a grandes minas. Es a partir de este momento en que la minería termina de consolidarse como principal actividad en el virreinato. Los principales yacimientos mineros fueron: Castrovirreyna, Cerro de Pasco, Cajabamba, Contumanza, Carabaya, Cayllama, Hualgayoc, Huancavelica y Potosí, todas ellas ubicadas en el territorio del actual Perú. Potosí, por si sola, aportaba dos tercios de la producción minera del Perú, hasta que en 1776 cambió de jurisdicción a favor del Virreinato del Río de la Plata.

A causa de las malas condiciones y la dureza del trabajo realizado por los aborígenes en la mina, eran frecuentes los alzamientos de mineros, que eran sistemáticamente sofocados por las autoridades coloniales. En el ámbito comercial, España aplicó medidas proteccionistas y favoreció el monopolio de los puertos de Sevilla en España, Veracruz, en México, Callao en el Perú, Panamá y Cartagena en Nueva Granada. Debido a que Panamá y Cartagena eran considerados puertos de tránsito, el Callao pasó a ser el único puerto autorizado para comerciar en América, lo cual convirtió al Virreinato del Perú en el centro comercial de las colonias Españolas en América. Pero la preeminencia de ciertos puertos sobre otros, en este caso el Callao con respecto al resto de América, hizo que el contrabando y la piratería, actividades desarrolladas la primera por criollos y la segunda por corsarios ingleses y holandeses en su mayoría, floreciesen, logrando erosionar lenta pero inexorablemente el monopolio de los grandes puertos, hasta que en 1778 Carlos III decretó el libre comercio y el Callao perdió su posición de ventaja frente a los otros puertos, posibilitando el surgimiento de los de Montevideo, Buenos Aires o Guayaquil.

Al igual que en Nueva España, en el Perú se desarrollaron los obrajes, actividades protoindustriales dedicados a la manufactura de textiles e hilos de lana y algodón. A pesar de la existencia de actividades de esta índole, no pudieron desarrollarse a causa del estricto control monopólico que del comercio ejercía la metrópolis. Durante el siglo XIX, época en la que se suceden los distintos alzamientos independentistas a lo largo del continente, el Virreinato del Perú se mantendrá como principal bastión de los realistas, hasta su disolución, en 1824, tras la Batalla de Ayacucho. A pesar de esto, el Perú será también testigo de los alzamientos de Túpac Amaru y Túpac Katari, precedentes de la futura emancipación Latinoamericana.

viernes, 18 de marzo de 2016

SPOT DE RADIO EN ADHESION AL BICENTENARIO DE LA PATRIA


















miércoles, 18 de noviembre de 2015

LA BATALLA DE LA VUELTA DE OBLIGADO

El 20 de noviembre de 1845, siendo el general Juan Manuel de Rosas responsable de las Relaciones Exteriores del territorio nacional, fuerzas anglo francesas se habían adentrado el Río de la Plata hacia el río Paraná, para obligarnos a aceptar “su libre navegación” de nuestro río. Una flota fenomenal de barcos de guerra, bien abastecidos, venidos a negociar con la fuerza, por el enojo de los comerciantes ingleses y franceses con la política de Rosas. El gobernador, a quien además las provincias cedieron el manejo de las cuestiones exteriores, quería cobrarles impuestos a sus productos para proteger industrias locales, y evitar que navegaran por nuestros ríos. No es que Rosas, contra lo que algunos dijeron, era un nacionalista fanático, sino con una política pragmática quería evitar que, pese al dominio inglés de nuestro comercio, que ya tenían, avanzaran sobre ulteriores derechos a copar el Estado o los territorios, cosa que venían haciendo en todo el mundo.

De esa manera se manejaron muchas veces los europeos, y más en el siglo XIX. Directamente el Parlamento británico se hizo eco de la queja de unos comerciantes ingleses que querían sí o sí vender productos en nuestro territorio y navegar con ellos nuestras aguas. Para nada ingenuo, el canciller argentino Arana decía ante la legislatura: “¿Con qué título la Inglaterra y la Francia vienen a imponer restricciones al derecho eminente de la Confederación Argentina de reglamentar la navegación de sus ríos interiores? ¿Y cuál es la ley general de las naciones ante la cual deben callar los derechos del poder soberano del Estado, cuyos territorios cruzan las aguas de estos ríos? ¿Y que la opinión de los abogados de Inglaterra, aunque sean los de la Corona, se sobrepondrá a la voluntad y las prerrogativas de una nación que ha jurado no depender de ningún poder extraño? Pero los argentinos no han de pasar por estas demasías; tienen la conciencia de sus derechos y no ceden a ninguna pretensión indiscreta. El general Rosas les ha enseñado prácticamente que pueden desbaratar las tramas de sus enemigos por más poderosos que sean. Nuestro Código internacional es muy corto. Paz y amistad con los que nos respetan, y la guerra a muerte a los que se atreven a insultarlo”.

Pero su Majestad británica, decía una cosa y hacía otra, porque mientras las negociaciones estaban en marcha, la mañana del 20 de noviembre de 1845 desde nuestras costas divisaron las siluetas de cientos de barcos. Algunos de ellos bloquearon el puerto de Buenos Aires nuevamente (ya lo habían hecho los franceses solos en 1838). Lo llamativo entonces fue la conformación de los invasores: se trataba de una flota compuesta por naciones históricamente enemigas, que debutaron entonces como aliadas para imponer sus reglas en nuestras tierras.

La defensa argentina daría risa a cualquier ejército bien pertrechado, se hizo de ingenio criollo y para nada tenía como abastecimiento, las nuevas tecnologías que la revolución industrial le daba a ambas potencias. Los argentinos juntaron tres enormes cadenas para atravesar el imponente Paraná de costa a costa, sostenidas sobre 24 barquitos, diez de ellos cargados de explosivos. Detrás de este dispositivo, esperaba heroicamente a la flota más poderosa del mundo, a bordo y al mando de una goleta, el general Lucio N. Mansilla, cuñado de Rosas y padre del genial escritor Lucio Víctor, que esa mañana, para arengar a las tropas le dijo lo siguiente:

A ver; les dijo: “¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero se engañan esos miserables, aquí no lo serán! Tremole el pabellón azul y blanco y muramos todos antes que verlo bajar de donde flamea”.

Inmediatamente después, cuando aún unas fanfarrias tocaban estrofas del himno, desde las barrancas del Paraná unas baterías abrieron fuego sobre el enemigo, frenado levemente por las cadenas. Estamos hablando de una lucha claramente desigual, la que sin embargo duró varias horas, hasta que a la tarde la flota franco-inglesa desembarcó y se apoderó de las baterías. Cortaron las cadenas y continuaron su viaje hacia el norte. En la acción murieron doscientos cincuenta argentinos y medio centenar de invasores europeos.

Al conocer los pormenores del combate, San Martín escribió esto, desde Francia: “Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside a la República Argentina; nadie ignora el ascendiente que posee en la vasta campaña de Buenos Aires y el resto de las demás provincias, y aunque no dudo que en la capital tenga un número de enemigos personales, estoy convencido, que bien sea por orgullo nacional, temor, o bien por la prevención heredada de los españoles contra el extranjero; ello es que la totalidad se le unirán (…). Por otra parte, es menester conocer (como la experiencia lo tiene ya mostrado) que el bloqueo que se ha declarado no tiene en las nuevas repúblicas de América la misma influencia que lo sería en Europa; éste sólo afectará a un corto número de propietarios, pero a la mesa del pueblo que no conoce las necesidades de estos países le será bien diferente su continuación.

Si las dos potencias en cuestión quieren llevar más adelante sus hostilidades, es decir, declarar la guerra, yo no dudo que con más o menos pérdidas de hombres y gastos se apoderen de Buenos Aires (…) pero aun en ese caso estoy convencido, que no podrán sostenerse por largo tiempo en la capital; el primer alimento o por mejor decir el único del pueblo es la carne, y es sabido con qué facilidad pueden retirarse todos los ganados en muy pocos días a muchas leguas de distancia, igualmente que las caballadas y todo medio de transporte, en una palabra, formar un desierto dilatado, imposible de ser atravesado por una fuerza europea; estoy persuadido será muy corto el número de argentinos que quiera enrolarse con el extranjero, en conclusión, con siete u ocho mil hombres de caballería del país y 25 o 30 piezas de artillería volante, fuerza que con una gran facilidad puede mantener el general Rosas, son suficientes para tener un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires”.

Hasta un enemigo de Rosas, como Juan Bautista Alberdi, impulsor de nuestra constitución nacional, llegó a decir desde Chile, donde estaba exiliado: “En el suelo extranjero en que resido, en el lindo país que me hospeda sin hacer agravio a su bandera, beso con amor los colores argentinos y me siento vano al verlos más ufanos y dignos que nunca. Guarden sus lágrimas los generosos llorones de nuestras desgracias aunque opuesto a Rosas como hombre de partido, he dicho que escribo con colores argentinos: Rosas no es un simple tirano a mis ojos; si en su mano hay una vara sangrienta de hierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. No me ciega tanto el amor de partido para no conocer lo que es Rosas bajo ciertos aspectos. Sé, por ejemplo, que Simón Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre como el actual gobernador de Buenos Aires; sé que el nombre de Washington es adorado en el mundo pero no más conocido que el de Rosas; sería necesario no ser argentino para desconocer la verdad de estos hechos y no envanecerse de ellos”.

Poner a Rosas a la altura de Bolívar y Washington, parece el típico agrande argentino. Pero comprendamos que era un gobernador de un país periférico que estaba desalojando ingleses, algo que muy pocos en el mundo podían contar, salvo los norteamericanos por su independencia. De hecho, el embajador de Estados Unidos en Buenos Aires, William Harris, le escribió a su gobierno: “Esta lucha entre el débil y el poderoso es ciertamente un espectáculo interesante y sería divertido si no fuese porque (…) se perjudican los negocios de todas las naciones”.

En pocas palabras, lo sucedido en la Vuelta de Obligado, obligó a los europeos a reconsiderar toda propuesta de invasión…por lo costoso de planificar y realizar tamaña empresa, vista la capacidad e ingenios demostrados en la resistencia…

Inglaterra ordena el fin del bloqueo en 1847, y los franceses lo hicieron un año después. Una vez más el propio San Martín felicitó a Rosas por su firme resistencia, según quedó escrito en un apartado especial en su testamento donde dijo lo siguiente: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general Juan Manuel de Rosas, como prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

lunes, 17 de agosto de 2015

Don José de San Martín

El Santo de la Espada, el Libertador de América, o simplemente San Martín. Al cumplirse el 160 aniversario de su fallecimiento. José Francisco de San Martín nació en Yapeyú, localidad de la provincia de Corrientes, el 25 de febrero de 1778.

El gobernador de Buenos Aires entonces, Bucarelli, encomendó al Capitán don Juan de San Martín el cargo de teniente de gobernador de esa localidad en 1774. Don Juan se instaló con su mujer, Gregoria Matorras, y sus hijos María Elena, Juan Fermín y Manuel Tadeo.

Poco después nacen Justo Rufino y el menor de la familia, José Francisco. Cuando José tenía apenas tres años, toda la familia se trasladó a Buenos Aires. El virrey Vértiz le ordenó al Don José padre hacerse cargo de la instrucción de los oficiales del batallón de voluntarios españoles.

En 1784 regresaron a España, al parecer a San Martín padre no le convencían las pocas posibilidades de progreso social para sus hijos en las colonias. José, ingresó al Seminario de Nobles de Madrid con tan sólo ocho años. Allí aprendió latín, francés, castellano, dibujo, poética, retórica, esgrima, baile, matemáticas, historia y geografía.

En 1789, con los once años ingresó como cadete al regimiento de Murcia y en poco tiempo ya tomará parte activa en numerosos combates en España y en el Norte de África.

Entre 1793 y 1795 durante la guerra entre España y Francia, el joven San Martín se destacó en todos los combates en los que participó, y ascendió rápidamente en sus grados militares hasta llegar al de segundo teniente. En la guerra contra las fuerzas napoleónicas y ya con el grado de Teniente Coronel, fue condecorado con la medalla de oro por su heroica actuación en la batalla de Bailén el 19 de julio de 1808.

Al enterarse de los hechos de mayo de 1810, se retiró del ejército español en una España que entonces estaba en manos del francés hermano de Napoleón, y decidió poner sus conocimientos y experiencia al servicio de la naciente revolución americana.

En España había tomado contacto con círculos liberales y revolucionarios que veían con simpatía la lucha por la emancipación americana. Antes de arribar a Buenos Aires, pasó por Londres en septiembre de 1811, que ya era por entonces la gran capital de la Revolución Industrial a cuya sombra florecían las ideas liberales, ante todo en lo económico, pero también en lo político.

En la meca de los negocios prosperaban los grupos revolucionarios como la "Gran Hermandad Americana", una logia fundada por Francisco de Miranda, patriota venezolano que se proponía liberar América con la ayuda financiera de los ingleses.

En esos meses de estadía londinense conoció a miembros de la "Hermandad" como Andrés Bello y personas vinculadas al gobierno británico, como James Duff y Sir Charles Stuart, quienes le hacen conocer el plan Maitland.

El plan, había sido elaborado por el general inglés Thomas Maitland en 1800 y aconsejaba tomar Lima a través de Chile por vía marítima. En enero de 1812 San Martín regresa a su tierra natal a bordo de la fragata inglesa George Canning. Recordó sobre estos momentos lo siguiente:

"Yo serví en el ejército español desde la edad de trece a treinta y cuatro años, hasta el grado de teniente coronel de caballería. En una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos de Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento a fin de prestarle nuestro servicio en la lucha."
Una vez en la ciudad puerto de Buenos Aires, logró que se le respetara su grado militar de Teniente Coronel y que se le encomendara la creación de un regimiento para custodiar las costas del Paraná asoladas por los ataques de los españoles de Montevideo. Nació así el regimiento de Granaderos a Caballo.

Gobernaba entonces un Triunvirato pero el verdadero poder estaba en manos de su secretario de gobierno, Bernardino Rivadavia, que desarrollaba una política muy centralista que desoía todos los reclamos del interior, cada vez más perjudicado por la política económica de Buenos Aires que fomentaba el libre comercio y mantenía un manejo exclusivo del puerto y de la aduana.

San Martín entró en contacto con los grupos opositores a este primer triunvirato, encabezados por la Sociedad Patriótica fundada por Bernardo de Monteagudo y, junto a su compañero de viaje Carlos de Alvear, creó la Logia Lautaro, una sociedad secreta cuyos objetivos principales eran la Independencia y la Constitución Republicana.

Con estos grupos marcharon con sus tropas en octubre de 1812, incluidos los granaderos, hacia la Plaza de la Victoria (la actual Plaza de Mayo) y exigieron la renuncia de los triunviros en un documento redactado por San Martín que concluía diciendo lo siguiente:

"...no siempre están las tropas para sostener gobiernos tiránicos".

Pese a toda esta agitación política, Don José se hacía tiempo también para la diversión y poco a poco se lo tuvo en cuenta en las selectas listas de invitados de las tertulias porteñas. La más famosa y agradable, según se cuenta, era la de Don Antonio Escalada y su esposa Tomasa, en la que sus hijas, Remedios y Nieves, no perdían de vista a ningún nuevo visitante.

En una de esas tertulias San Martín conoció e inició un romance con Remedios. Poco después, el 12 de noviembre de 1812 se casaron. Él tenía 34 años y ella 15.

Los Granaderos de San Martín entraron por primera vez en combate frente al Convento de San Lorenzo el 3 de febrero de 1813, en Santa Fe. Con un triunfo total inició su creciente prestigio. Tanto que en 1814 se le encomendó el mando del ejército del Norte en reemplazo del General Belgrano.

San Martín aceptó el cargo pero hizo saber a las autoridades que sería inútil insistir por la vía del Alto Perú y que se retiraría a Córdoba para reponerse de los dolores causados por su úlcera estomacal y terminar de delinear las bases de su nueva estrategia militar consistente en cruzar la cordillera, liberar a Chile y de allí marchar por barco para tomar el bastión realista de Lima.

Terminó su plan apenas repuesto parcialmente de sus males, y luego fue nombrado gobernador de Cuyo. En Mendoza comenzó los preparativos para su ambicioso plan sin descuidar las tareas de gobierno. Fomentó la educación, la agricultura y la industria y creó un sistema impositivo igualitario cuidando que pagaran más los que más tenían.

Todo el pueblo cuyano colaboró según sus posibilidades para armar y aprovisionar al Ejército de los Andes. El propio gobernador dio el ejemplo reduciendo su propio sueldo a la mitad. El 24 de marzo se reúne el Congreso en Tucumán. San Martín, preocupado por la demora en sancionar la independencia dirige una carta al diputado por Cuyo, Godoy Cruz, donde le dice lo siguiente:

"¿Hasta cuándo esperaremos para declarar nuestra independencia? ¿No es cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y escarapela nacional y, por último, hacer la guerra al soberano de quien se dice dependemos, y permanecer a pupilo de los enemigos?"

El 16 de agosto de 1816, nació Mercedes Tomasa de San Martín, la única hija de la pareja. A principios de 1817 comenzó el heroico cruce de los Andes. La apuesta era grande, y así se lo hizo saber a los criollos, indios, mestizos, mulatos y gauchos que le acompañaban:

"Compañeros del Ejército de los Andes: La guerra se la tenemos que hacer como podamos: si no tenemos dinero; carne y tabaco no nos tiene que faltar. Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos tejan nuestras mujeres y si no andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios, seamos libres y lo demás no importa. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje."

Varios tramos del cruce el general debió ser trasladado en camilla, debido a los agudos dolores provocados por la úlcera. A poco de trasponer la cordillera, el 12 de febrero de 1817, las fuerzas patriotas derrotaron a los españoles en la cuesta de Chacabuco, iniciando de esa forma la independencia de Chile.

Tras la posterior derrota de Cancha Rayada, el General Las Heras logró salvar a su cuerpo y en base a estos hombres reorganizó un ejército de 5.000 hombres con el que se pudo vencer definitivamente a los realistas en Maipú el 5 de abril de 1818.

Entonces, San Martín volvió a cruzar la cordillera rumbo a Buenos Aires para solicitar ayuda al Directorio para la última etapa de su campaña libertadora. En efecto, faltaba el ataque marítimo contra el bastión realista de Lima. Obtiene una promesa de una ayuda, pero recibe sólo la mitad de lo prometido. De vuelta en Chile, obtuvo la ayuda financiera del gobierno y armó una escuadra que quedará al mando del marino escocés Lord Cochrane.

En Buenos Aires las cosas se complican. Pueyrredón propicia la invasión portuguesa de la Banda Oriental para combatir a Artigas y le ordena a San Martín que baje con su ejército y encabece la represión de los orientales. San Martín se niega y le aclara lo siguiente:

"el general San Martín jamás desenvainará su espada para derramar sangre de hermanos".
El 20 de agosto de 1820 partió desde el puerto chileno de Valparaíso la expedición libertadora con una escuadra formada por 24 buques, que conducía unos 4.800 soldados. El 12 de septiembre la flota fondeó frente al puerto peruano de Pisco. Una división al mando del General Arenales se dirigió hacia el interior del Perú con el objetivo de sublevar a la población y obtuvo la importante victoria de Pasco el 6 de diciembre de 1820.

Por su parte San Martín ordenó bloquear el puerto Lima. Así, el virrey De la Serna se vio acosado por todos los flancos y debió rendirse el 10 de julio de 1821. Ese día entró victorioso el general San Martín a la capital virreinal.

El 28 de julio de 1821 San Martín declaró la independencia del Perú. Se formó un gobierno independiente que nombró a San Martín con el título de Protector del Perú, con plena autoridad civil y militar. El general no quería el cargo, pero el clamor popular y los consejos de su amigo y secretario, Bernardo de Monteagudo, le hicieron recordar que el peligro realista no había desaparecido.

Como gobernante en el Perú San Martín abolió la esclavitud y los servicios personales, garantizó la libertad de imprenta y de culto, creó escuelas y la biblioteca pública de Lima dotándola de sus primeros libros, sacándolos de su propia biblioteca.

Mientras San Martín llevaba adelante su campaña desde el Sur el patriota venezolano Simón Bolívar, lo venía haciendo desde el Norte. El general Sucre, lugarteniente de Bolívar, solicitó ayuda a San Martín para su campaña en Ecuador. El general argentino le envió 1600 soldados que participaron victoriosamente en los combates de Riobamba y Pichincha que garantizaron la rendición de Quito.

Finalmente los dos libertadores decidieron reunirse. La famosa por misteriosa entrevista de Guayaquil, en Ecuador, se realizó entre los días 26 y 27 de julio de 1822. Allí se vieron cara a cara con sus diferencias políticas y militares. Mientras San Martín era partidario de que cada pueblo liberado decidiera con libertad su futuro, Bolívar estaba interesado en controlar personalmente la evolución políticas de las nuevas repúblicas.

Otro tema que los diferenciaba era quién conduciría el nuevo ejército libertador que resultaría de la unión de las tropas comandadas por ambos. San Martín propuso que lo dirigiera Bolívar pero éste dijo que nunca podría tener a un general de la calidad y capacidad de San Martín como subordinado. El general argentino tomó entonces una drástica decisión: retirarse de todos sus cargos, dejarle sus tropas a Bolívar y regresar a su país.

San Martín regresó a Lima y renunció a su cargo de Protector del Perú. Partió luego rumbo a Chile donde permaneció hasta enero de 1823. Otra vez los Andes, estuvo unos días en Mendoza y pidió autorización para entrar en Buenos Aires para poder ver a su esposa, que estaba gravemente enferma.

Su enemigo de siempre en Buenos Aires, Rivadavia, que entonces era ministro de gobierno del gobernador Martín Rodríguez, le negó el permiso argumentando que no estaban dadas las condiciones de seguridad para que San Martín entrara a la ciudad. Rivadavia, temía que el general entrase en contacto con los federales del Litoral.

En efecto, el gobernador de Santa Fe, Estanislao López, le envió una carta advirtiéndole que el gobierno de Buenos Aires esperaba su llegada para someterlo a un juicio por haber desobedecido las órdenes de reprimir a los federales y le ofreció marchar con sus tropas sobre Buenos Aires si se llegara a producir tan absurdo e injusto juicio. San Martín le agradeció a López su advertencia pero le dijo que no quería más derramamiento de sangre.

Ante el agravamiento de la salud de Remedios, pese a las amenazas, San Martín decidió viajar igual a Buenos Aires pero lamentablemente llegó tarde. Su esposa había muerto sin que él pudiera compartir sus últimos momentos. Difamado y amenazado por el gobierno unitario, San Martín decidió abandonar el país en compañía de su pequeña hija Mercedes rumbo a Europa.

En 1825 redacta las famosas máximas, una serie de recomendaciones para su educación en caso de que él no estuviera a su lado. Allí les aconseja el amor a la verdad, la tolerancia religiosa, la solidaridad y la dulzura con los pobres, criados y ancianos; amor al aseo y desprecio al lujo. Tras pasar brevemente por Londres, San Martín y su hijita se instalaron en Bruselas. En 1824 pasan a París para que Mercedes complete sus estudios.

Su vida en Europa no fue fácil. Del gobierno argentino no podía esperar nada y Perú y Chile no le pagaban regularmente los sueldos que le correspondían como general retirado. Con préstamos la renta de un alquiler pudo comprar su casa de Grand Bourg.

Pese a esto, el general seguía interesado por la situación de su país. Quiso volver en 1829, a días del derrocamiento del gobernador Dorrego y de su trágico fusilamiento a manos de los unitarios de Lavalle. Muchos oficiales y amigos le piden que tome el poder. Sin embargo San Martín se niega porque piensa que tome el partido que tome tendrá que derramar sangre argentina y no está dispuesto a eso.

Llevado por la decepción y la tristeza, regresa a Europa. Es la época en que Francia es asolada por una epidemia. San Martín y su hija Mercedes, fueron afectados por esa grave enfermedad, y tratados por el médico argentino, Mariano Balcarce, hijo de su viejo amigo y camarada de armas el general Antonio Balcarce, vencedor de Suipacha.

Mariano atendió durante meses a la Familia San Martín, aunque podría decirse que sobre todo prestó mucha atención a Mercedes, con quien finalmente se casó el 13 de diciembre de 1832 y se fueron de luna de miel a Buenos Aires.

En 1838, durante el gobierno de Rosas, los franceses bloquearon el puerto de Buenos Aires. Inmediatamente José de San Martín le escribió a don Juan Manuel ofreciéndole sus servicios militares. Rosas agradeció el gesto y le contestó que podían ser tan útiles como sus servicios militares las gestiones diplomáticas que pudiera realizar ante los gobiernos de Francia e Inglaterra.

Enterado del bravo combate de la vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, cuando los criollos enfrentaron a la escuadra anglo-francesa, San Martín escribió nuevamente a Rosas para expresarle sus respetos y felicitaciones.

En esos momentos, San Martín se veía muy afectado por el asma, el reuma y las úlceras. Además, estaba casi ciego. Su estado de salud se fue agravando hasta que falleció el 17 de agosto de 1850. En su testamento pedía que su sable fuera entregado a Rosas alegando lo siguiente:

"por la firmeza con que sostuvo el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla"

También pidió que su corazón descansara en Buenos Aires. Esta última voluntad se cumplió en 1880, cuando el presidente Avellaneda recibió los restos del libertador.

miércoles, 12 de agosto de 2015

CURIOSIDADES EN LA VIDA DEL GENERAL DON JOSÉ DE SAN MARTÍN

Su preparación militar básica, que sería fundamental para la independencia de 3 Estados del Imperio Español la realizó en España, es decir, que aunque se preparó en España por la causa libertadora de parte de América luchó contra los españoles. Luchó a favor de España en las Guerras Napoleónicas y durante la Guerra de Independencia Española, producida por la invasión de las tropas napoleónicas a España. Destacándose así en la Batalla de Bailén. Su plan de liberación hispanoamericana podría haber sido en base a un plan del inglés Naitland, sin embargo San Martín le agregó a este su capacidad y su excelente táctica militar y luchadora. Interesante es que San Martín no estuvo tanto tiempo en el país, muy poco de pequeño naciendo en Yapeyú, Provincia de Corrientes, y entre los años 1812 y 1818 más o menos. En 1812 llegó desde Inglaterra decidido a liberar Hispanoamérica, lo logró en 3 Estados, que es un logro muy grande, grandísimo y difícil. Llegó con Alvear y otros más. Curioso es que con ese Alvear estaría algo enemistado poco después, y que ese Alvear es el padre del primer Intendente de Capital Federal, Torcuato de Alvear, y el abuelo del Presidente radical Marcelo Torcuato de Alvear.

Algo que no se si se difunde tanto es que San Martín ocupó cargos ejecutivos o casi ejecutivos, no sólo luchó a favor de liberación de Estados. Fue Gobernador de Cuyo cerca de 1814, siendo enviado allí por el Director Supremo Gervasio Antonio Posadas, a su vez tío de Alvear. Gobernó con prosperidad y fomentando la industria, educación, agricultura, cultura, y equidad social. Similares logros obtuvo como Protector del Perú, cargo que asumió en 1821 poco después de declarar la independencia del Perú, y poco antes de finalizar sus Campañas Libertadoras. Otro dato interesante y lamentable en la historia sanmartiniana es el rechazo que tuvo por el Gobierno de Martín Rodríguez, cuyo Ministro de Gobierno era Bernardino Rivadavia, uno de los que más rechazó en público a San Martín. Tal rechazo fue que San Martín estuvo muy poco en Buenos Aires antes de retirarse a Europa. Si uno se pregunta ¿por qué este rechazo a San Martín? teniendo en cuenta sus logros, sus capacidades, su reconocimiento. Puede haber muchas de causas aunque es probable que se relacione con que San Martín fue uno de los líderes de la sublevación que derrocó al Primer Triunvirato, que tenía entre sus influyentes secretarios a Bernardino Rivadavia.

Es interesante y reconocedor que se sepa de las grandes colaboraciones que hizo Pueyrredón a San Martín mientras fue Director Supremo algunos años. Aunque la colaboración pudo, en ciertos aspectos, no ser la suficiente que pedía San Martín, según Pueyrredón mucho más no se podía hacer, no se podía mandar. Otro dato interesante es que a San Martín se le ofreció en forma seria que luche contra los caudillos del Litoral, incluso dicen que le ofrecieron ser Jefe de Estado de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La primera propuesta no la habría aceptado porque no quería participar de las guerras civiles luchando contra argentinos, no deseaba hacerlo según dijo. El segundo ofrecimiento no se si está del todo reconocido, aunque podría ser cierto. Además antes de ir a Francia estuvo en Bruselas y en Inglaterra. En 1829 regresó al país aunque no bajó del buque que lo traía porque, enterado del derrocamiento y fusilamiento de Manuel Dorrego en manos de Juan Lavalle, aunque influido por Salvador María del Carril, no notó una situación política y social adecuada. Era uno de los años difíciles de la guerra civil. Más datos curiosos son que San Martín, estando en Francia, fue visitado por dos figuras históricas como Juan Bautista Alberti y Domingo Faustino Sarmiento, ambos de los más reconocidos opositores de Rosas en esos tiempos, sin embargo tuvieron el privilegio de ir a Francia y conocer a San Martín.

miércoles, 29 de octubre de 2014

¿Quién escribio la Marcha de San Lorenzo?

La marcha de San Lorenzo fue escrita por Cayetano Alberto Silva, que nació en San Carlos, departamento de Maldonado (República Oriental del Uruguay), el 7 de agosto de 1868. Era hijo de Natalia Silva, esclava de la familia que le dio el apellido. Desde chico le gustaba la música por lo que inició sus estudios con el maestro Rinaldi en la Banda Popular de San Carlos. En 1879 ingresó a la Escuela de Artes y Oficios de Montevideo donde se incorporó a la Banda de Música dirigida por Gerardo Grasso, quien le enseñó solfeo corno y violín. En 1888 pidió la baja y comenzó a deambular por los centros sociales de agitación obrera, teatros y conservatorios de música de Montevideo. Al año siguiente se decide a viajar a Buenos Aires donde incursiona en el teatro Colón y asiste a la Escuela de Música dirigida por Pablo Berutti. Se traslada luego a la ciudad de Rosario donde el 1 de febrero de 1894 fue nombrado maestro de la Banda del Regimiento 7 de Infantería. En Rosario se casa con Filomena Santanelli con quien tuvo ocho hijos.

En 1898, al ser contratado por la Sociedad Italiana de Venado Tuerto, provincia de Santa Fe se traslada con su familia a dicha ciudad donde funda un centro lírico, enseña música y crea la “Rondalla” con la que actúa en el Carnaval de 1900. También escribe la música de las obras teatrales “Canillita” y “Cédulas de San Juan” de su compatriota y amigo Florencio Sánchez. Estas obras son estrenadas en Rosario con mucho éxito.

El 8 de julio de 1901, en su casa de Venado Tuerto, compone una marcha que dedica al “Coronel Pablo Ricchieri”, Ministro de Guerra de la Nación en ese entonces y modernizador del Ejército Argentino. Ricchieri le agradeció el homenaje pero le pidió que le cambie el título por “San Lorenzo”, población donde el había nacido. La marcha se interpretó por primera vez en un acto público el 30 de octubre de 1902 en San Lorenzo en las cercanías del histórico Convento de San Carlos donde se gestó la batalla. Ese día la marcha fue designada Marcha oficial del Ejército Argentino. Dos días después Silva vuelve a ejecutarla al inaugurarse el monumento al General San Martín en la ciudad de Santa Fe, con asistencia del presidente Julio Argentino Roca y de Ricchieri.

En 1907, su vecino y amigo de Venado Tuerto, Carlos Javier Benielli, le agregaría la letra que luego sería adaptada para las escuelas. Acosado años después por la pobreza Cayetano Silva vendería los derechos de la marcha a un editor de Buenos Aires por una suma insignificante. La marcha se hizo con el tiempo famosa en otros países hasta tal punto que fue ejecutada el 22 de junio de 1911 durante la coronación del rey Jorge V con la autorización previa solicitada a nuestro país por el gobierno inglés. Lo mismo ocurrió para la coronación de la reina Isabel, actual soberana inglesa. Además se ejecuta en los cambios de guardia del palacio de Buckinghan, modalidad que fue suspendida en el tiempo que duró la Guerra de las Malvinas. También fue tocada por los alemanes en París cuando durante la Segunda Guerra Mundial marcharon por las calles de esa ciudad. Curiosamente también el general Einsenhower la hizo ejecutar al ingreso triunfal del ejército aliado que liberara a los franceses.

Marcha de San Lorenzo Cantada

Música: Cayetano A. Silva
Letra: Carlos J. Benielli

Febo asoma, ya sus rayos
iluminan el histórico convento;
tras los muros, sordo ruido oír
se deja de corceles y de acero;
son las huestes que prepara
San Martín para luchar en San Lorenzo,
el clarín estridente sonó
y a la voz de gran jefe
a la carga ordenó.

Avanza el enemigo
a paso redoblado,
al viento desplegado
su rojo pabellón.

Y nuestros granaderos,
aliados en la gloria
inscriben en la historia
su página mejor.

Cabral, soldado heroico,
cubriéndose de gloria,
cual precio a la victoria,
su vida rinde
haciéndose inmortal.

Y allí salvo su arrojo
la libertad naciente
de medio continente.
Honor, honor al gran Cabral!

Fuente:
www.elalfaylaomega-elprograma.blogspot.com.ar

  © Blogger template 'External' by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP